Durante una plática, un ejecutivo japonés me dio una lección que destruyó mi concepto de profesionalismo: "Despedimos a los que llegan exactamente a la hora".
Para nosotros, llegar a las 9:00 es disciplina. Para ellos, es pasividad.
Si llegas en el último minuto, estás enviando tres mensajes invisibles pero letales:
No tienes margen: No planificaste para la incertidumbre. Si no puedes gestionar tu tiempo ante un imprevisto, no se te pueden confiar sistemas complejos.
Estás al límite: Operas en el borde de tu capacidad. El éxito requiere espacio para respirar, no pulmones sin aliento.
Vienes a reaccionar, no a liderar: Quien llega temprano lee el ambiente, observa los detalles y entra a la reunión con la mente en calma. Quien llega "a tiempo", ya llega tarde a la oportunidad de observar.
El éxito no es una cuestión de reloj, es una cuestión de mentalidad. La próxima vez que digas "pero llegué a tiempo", recuerda que lo que realmente estás diciendo es: "Hice lo mínimo indispensable".
Deja de vivir al límite. Crea margen. El éxito comienza antes de que el reloj empiece a correr.
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